01/20/2014 Cinemanía (Spanish)

 

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“Que no… que no me entiendes. No digo que la película sea mala. Al contrario, me ha encantado. ¡Nos ha encantado a todos! ¿A que sí, chicos? Lo que pasa es que no acabamos de verle la viabilidad para las salas comerciales”. La escena, real como los forfaits que nos endosan aquí a modo de acreditación, se da en el hall del hotel Yarrow, mismo escenario en el que, dos horas antes, un renqueante Danny Glover se ha interesado por la disponibilidad de la silla que está a tu lado. Pero ahora el veterano actor ya no está. Su lugar lo ocupan cuatro hombres abrigados que hacen piña alrededor de un smartphone.

Al otro lado de la línea se supone que está un director con problemas, pues su película, a juzgar por los alaridos (la intensidad de la discusión va in crescendo), difícilmente va a volver a ver la luz del sol. Y no es por la calidad, ojo, porque a todos los compradores “les ha encantado”, es porque la inversión difícilmente se va a ver amortizada. Números, cuentas, balances… financiación. En problemas concerniendo esto último, poco o nada van a poder enseñarnos -a nosotros- los amigos americanos. Pero, ¿y en soluciones? Probemos.

Primero con Zach Braff. La antigua estrella de la legendaria Scrubs se lanzó, hará ya una década, a la aventura de la dirección cinematográfica. Con Garden State (Algo en común) le reímos -casi- todas las gracias, pero con su siguiente proyecto parecía que el reír se le iba a acabar. Cosas de la vida, que sin verse obligada a dar explicaciones, se ve con el derecho -inalienable- de mostrarse así de perra. Afortunadamente, también suele ofrecer alternativas; vías de escape a sus propias putadas, solo que hay que saber verlas. Y apareció internet (¿se acuerdan de Álex de la Iglesia despidiéndose de su cargo en la Academia y hablando del futuro?) y el poder de convocatoria de Mr. Braff puso el resto.

Sin entrar todavía en la valoración de la calidad de la película de marras (ya llega, ya llega), ésta viene precedida por un rotundo éxito. De cuentas, números, balances y financiación, sí. Porque hablar de Wish I Was Here es hablar del milagro (¿se acepta?) del micro-mecenazgo; de las redes sociales manifestándose, al fin, en algo tan tangible como el sucio dinero, imprescindible, esto sí, para que, por ejemple, Zach braff pudiera estar hoy rondando por las calles de Park City.

Por todo lo demás, Wish I Was Here, a pesar de su largo metraje (un poco más de dos horas de duración) se resume en tan poco tiempo como el que se tarda en nombrar su único objetivo, esto es, hacer que el público salga de la sala de cine sintiéndose bien. El inicio de la cinta, prácticamente calcado al remake de La vida secreta de Walter Mitty por parte de Ben Stiller, no deja lugar a dudas. El espíritu feel-good se instaura en cada réplica, cada recuerdo y cada giro argumental. Del primer al último fotograma. Descubrimos entonces que la famosa “película del crowdfunding” en realidad no es una película, sino el sofisticado mecanismo de una bomba lacrimógena.

Un padre de familia (Braff) esquiva como puede los golpes del destino (hijos difíciles de controlar, mujer insatisfecha con su relación sentimental, hermano con el que es imposible cruzar cuatro palabras sin querer partirle la cara, padre al que le acaban de diagnosticar cáncer…) y de paso hace todo lo posible para mantener con vida su insostenible sueño de convertirse en actor. Facturada con tanta cara dura como, admitámoslo, gracia, Braff se confirma como un buen conocedor (y pícaro gestor) de las necesidades del gran público. Los personajes con los que trata son plantas a las que va regando con varias dosis de drama, carisma y ternura. Lo justo para que crezcan sin ahogarse y para que al final del día, la cámara lenta se regodee, cuando el rock/folk indie suena a todo volumen, con sus sonrisas, con sus abrazos de grupo y, por supuesto, son sus lágrimas. Calculadísima epifanía colectiva, y por ello algo tramposa, pero con la suficiente fuerza de impacto como para no enfadarse -demasiado- con sus numerosos defectos.

En lo que a imperfecciones se refiere, en esta jornada la palma se la lleva claramente Cooties, primer martirio servido por Park City at Midnight. La ópera prima de Jonathan Milott y Cary Murnion tiene su sustento en Elijah Wood, quien además de figurar en la lista de productores pone cara a esta comedia (?) terrorífica (ídem), alargando de paso la estracha relación que está manteniendo con el cine de género durante estos últimos años. Y financiación solucionada. Imagínense el clásico de Narciso Ibáñez Serrador en versión “¿Quién puede matar a todos los niños de una escuela?”, y en el que una troupe de profesores neuróticos se las ve contra una horda de zombies pre-púberes. Imagínense que las puertas de dicho recinto están vigiladas por un Jorge Garcia colocado hasta las cejas… y prepárense para la más desesperante de las incomprensiones al comprobar que no hay manera de que el conjunto levante el vuelo.

La culpa es, en su práctica totalidad, de la dupla de directores, más verdes que los violentos alumnos a los que filman. Milott & Murnion saben crear imágenes, pero no escenas, y así todo cuesta; todo duele a los sentidos. No hablamos de las pinceladas gore (lo único salvable de toda la película), sino del imperdonable derroche de potencial. Bajo las órdenes de estos dos debutantes, hasta Rainn Wilson parece un inepto a la hora de arrancarnos sonrisas. La coherencia se sacrifica por una -abusiva- concatenación de gags a destiempo, mal planteados, peor resueltos y ya oídos en anteriores ocasiones. Por si fuera poco, nombres como Ridley Scott y Edgar Wright se ven manchados por homenajes torpes, y otros como Eddie Murphyson directamente fusilados (hay que ser abusón), porque sí. Un desastre.

Para compensar, y como medida desesperada, probamos suerte en Next (sección dedicada, supuestamente, a los proyectos más experimentalmente arriesgados) y ahí nos topamos, sin quererlo, con la que tiene todos los números para convertirse en una de las -inesperadas- perlas indie de la temporada. Tan pequeña que hasta da miedo averiguar cómo diablos se habrá financiado. El título Appropriate Behavior nos remite a normas de conducta, a, efectivamente, “comportamientos apropiados”, pero en realidad trata sobre los procesos (de enamoramiento, de ruptura, de autoconocimiento, de superación, de aceptación…) que nos hacen madurar como seres humanos.

Para su primer largometraje, Desiree Akhavan, hace “un Ben Affleck”, compensando el error de guardarse para ella el papel principal con un encomiable trabajo detrás de las cámaras (dirección y guión).Entre Noah Baumbach e Ira Sachs, encontramos a una joven de orígenes persas que está también entre dos sexualidades, y que intenta recomponerse de su anterior relación amorosa. Encadenando saltos temporales y emocionales, se descubre ésta como una cinta rebosante de vida, cien por cien neoyorkina, dinámica y ocurrente. Puro indie: desmelenado, veraz y auténtico.

A su lado, el documental SEPIDEH: Reaching fot the Stars, sobre cómo las barreras (geográficas, culturales y sí, financieras) no deberían ser jamás una excusa para alcanzar nuestros sueños, se ha quedado también pequeño. Berit Madsen dirige un trabajo convencional y demasiado empeñado en convencernos de su carácter mágico, no obstante, las vivencias de Sepideh, joven iraní empeñada en dedicar su vida al estudio / exploración del espacio exterior, contienen, efectivamente, aquello de lo que tanto se alardea: una -leve- pizca de esa intangible sustancia de la que están formados los sueños. De niños o de adultos, poco importa, viene a ser lo mismo.

 

Exprímelos como puedas

Sepa, antes de cerrar por hoy, que si las soluciones a sus problemas financieros no dan resultado, siempre podrá desquitarse con los del eslabón más débil. Usted elige el quién, el cómo y el cuándo… y prepárese para ponerse las botas. Eso sí, tenga en cuenta las primeras apariencias: no se le olvide soltar, antes que nada, aquella mentira que dice así: “Venimos como amigos”. Como quien afirma aquello de “No te va a doler”.

La mejor manera de introducir We Come as Friends es presentarla como la The Act of Killing del 2014, pues en ella está el mismo espíritu suicida, la misma valentía, el mismo rigor y compromiso. Sobre ella recae la misma necesidad (obligatoriedad, vaya) en su visionado. El gran Hubert Sauper ofrece la que es la extensión natural de su celebrada ‘La pesadilla de Darwin’. Del lago Victoria a Sudán para ver que la mierda, por increíble que parezca, ha seguido con su implacable expansionismo, y en crecimiento exponencial.

Los caminos del neo-colonialismo son inescrutables, pero ninguno escapa al vuelo rasante de la avioneta cochambrosa de Sauper, mucho menos a su violenta e híper-intrusiva cámara. Sin previo aviso, nos elevamos hasta la estratosfera. Ahí, el mundo parece volverse del revés… y el río Congo se ha convertido en una interminable vía ferroviaria que nos lleva al corazón… del continente africano, ese pastel que sigue repartiéndose a miles de kilómetros de distancia. Al final del trayecto no nos espera Kurtz, sino toda su descendencia.

Un piloto nos enseña, orgulloso, cómo la Internacional se ha convertido en la tonta musiquita de un juguete de bebé; el comisario de la ONU habla de construir chiringuitos de helados; el delegado del gobierno tararea, por pura ignorancia, el himno más vacío jamás concebido; a los hombres de Dios se les ilumina la mirada cuando hablan de “Nueva Texas”; los vigilantes de la paz se beben su cometido de un solo trago y los locos parecen los únicos cuerdos. Joseph Conrad en aberrante primerísimo primer plano. Con la frialdad de Werner Herzog a la hora de mirar, de frente, al abismo, y con la capacidad omnipresente de Frederick Wiseman, Sauper se planta en el epicentro del nacimiento de una nación (la más joven del mundo, Sudán del Sur, que por cierto, se halla en urgente necesidad de financiación) para reivindicarse como uno de los mejores de nuestros tiempos. Quizás de todos los tiempos.

Sin piedad ni concesiones, Sauper planta la cámara en el lugar y el sitio que más duelen. Y dan ganas de llorar, hasta de reírse para acabar de contagiarse por la locura. Al final de este grotesco buffet libre sólo queda la náusea, en espera del vómito. Brutal.

 

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